“MOD WORLD” (Capítulo 1) by Willybel

Toda la letra es a gritos. Escuchar “Cum on Feel the Noise” en casa cuesta cuatro años de cárcel. Dios, merece la pena correr el riesgo. Con 47 segundos ya es suficiente. Es estúpido arriesgarte a que la cotilla de la señora Cabbot pegue la oreja demasiado y descubra que ese ruido repetitivo no es de un electrodoméstico viejo sino de música prohibida. ¿En qué cadena se emite ahora? Convierto mi cerebro en una casa de apuestas en la cual entran el serio y frio calculador realista y el enérgico y ambicioso surrealista. Presiono los tres botones necesarios del mando. Mi mitad ilusa ha vuelto a perder contra mi mitad realista. A esta hora “Quadrophenia” se retransmite en el quinto canal, no en el dos. Nunca aprenderás, intelecto.

Está bien esto de trabajar solo de mañanas. Tengo toda la tarde libre para mis pensamientos. ¡Ops! ¿Qué haces aquí Quiet Riot? Vuelve a tu lugar dentro del televisor. Cuidado con doblarle una esquina a Zeppelin; no quiero peleas entre hermanos. Recordad: el televisor no tiene seguro, lo reparo yo mismo. Si digo esto cada vez que mire el televisor evitare que por descuido uno de esos gañanes de la Electrodomestic Agency descubran mi caja de Pandora. Son las cinco. Según el ministro de ambiente hace dos horas que podía abrir la ventana. Si hombre. Las fábricas por ley deben cerrar a las dos, por directiva cierran a las dos y media; y por metereologia hasta las cinco no arrastra el viento las humaredas negras. A mi madre le deben pitar los oídos cuando la nube alcanza Dover a las seis. A las nueve le revientan los tímpanos cuando descargan en Francia. Me asomo para contar cuantos restos se resisten al Proyecto Broom. Tres. Seguro que de Buckingham Hall. Solo un suspiro, al alcanzar la altura indicada desaparecen rápidas hacia el sur como flechas. La autopista eólica por excelencia. Otro glorioso hito de la ingeniería británica. Gracias por recordármelo cada vez que miro al cielo y veo pájaros absorbidos por la ininterrumpible corriente. Gracias por recordármelo cada vez que abro la ventana y miro al frente.

Al edificio Britain Glorious. A la “Caja de Cemento” como me gusta llamarle. Seguro que sería un apodo con éxito. Apodar personajes, organizaciones y/o inmuebles públicos son tres años. Seis si el apodo es escuchado en boca de más de tres personas. Siempre hay señoras Cabbot dispuestas a jurarlo. Britain Glorious. Ochenta pisos con sus setecientos ventanales. Ochenta pisos que solo me dan una mísera hora de luz solar en mi cuarto al día. Ochenta pisos decorados en su parte exterior por dos gigantescas ramas de olivo doradas, simbología de la Roma Imperial que alcanzó Escocia “La Vieja”, símbolos de gloria, poder, autoridad, honor. Símbolo de Fred Perry. Ochenta pisos de la sede del Ministerio de Textiles. Ben Sherman no logró que su logo se reprodujera en uno de los edificios más altos de Londres. Logró que su logo sea la bandera nacional (y con gran regocijo para las fuerzas aéreas, todo sea dicho).

Me quedo analizando piso por piso del Glorious aproximadamente treinta minutos. Una media hora. Sopesando y calculando cuanto costara repintar los laureles, unos diez minutos. Fantaseando con la pareja de masas que Miss Harriet, la flacucha pero interesante vecina del piso inferior, me muestra por el escote de la rebeca, cincuenta y cinco minutos, treinta y siete segundos. Habría tenido diez minutos más si en vez de estúpidos cálculos pictóricos hubiera recordado la puntualidad de Miss Harriet. Su intimo y personal five o´clock tea pero con media hora para preparar el tea. La pobrecita trabaja de nueve a cinco en textiles. Es la condena de vivir cerca del trabajo. Tiempo de desplazamientos convertido en mayor productividad. Si algo bueno tiene el Ministerio Laboral es el formulario anual IV-B. “Descuento de horario laboral en relación a la distancia del puesto de trabajo con el hogar”. No me preguntéis sobre el sueldo, por favor.

¿Hora? Me queda poco para las siete. Hora de salir. Hace treinta años nadie se imaginaria una ley que obligue a desalojar tu propio hogar para “ocio y esparcimiento público”. Hoy día son 30 libras de multa quedarte en casita. Ya he gastado 60 este mes por aquel maldito resfriado. No salgo para no tener que pagar la multa (¿Qué digo? Claro que salgo para no pagar la multa). Hoy además me apetece salir. Camisa gris, corbata-guitarra (no es lo que pensáis; tiene estampada una preciosa Gibson-Les Paul caoba). Y el tercer traje: Aun más gris y con rayas negras. Porkpie in the head. Let´s Go! Abro el pomo. Cierro la puerta tras de mí. Escucho la dulce campanita que suena al cerrarse la puerta de mi departamento. Me indica que siempre y cuando no vuelva a abrirse en las próximas tres horas, serán 30 libras igualmente agradables ahorradas en mi cuenta del People´s National Bank II. Silbo un poco de Knopfler. Introduzco un ritmo ska en con los sultanes al pasar delante del apartamento Cabbot. Ha escuchado la campanilla y veo su sombra en la mirilla. No creo que sepa quién fue el bueno de Mark; pero mejor disimular por si las moscas. Entro en el ascensor a tiempo para el riff final. El ritmo ska quedaba bien en la parte con letra. Aquí ya sería demasiado sacrilegio. Un rápido vistazo me alegra la tarde. El bueno y capullo del jovencito Gordon Brans Elliot ha vuelto a rociar de espray negro la cámara. No quiere que el gobierno central del inmueble Twin Hill Street 47º vea como redecora las puertas del ascensor. Este niño necesita unas clases de geometría. Menuda chapuza de escateado. Aprovecho y toco el riff en mi guitarra imaginaria. Mientras el ascensor reduce su velocidad en la primera planta (En la vida hay que sufrir un poco siempre. De la primera planta a la calle no hay ascensor, solo 8 escalones desiguales). Oigo otra campanilla de cierre de puerta. Es normal a esta hora que salga todo el mundo, ¿dije que es por orden de una ley, no? Aunque soy de los últimos en salir del edificio, rozando la multa por un par de minutos. Al abrirse la puerta del elevador veo el vecino, perdón, vecina que sale a su “ocio público”. Miss Harriet. De hoy no pasa. A la tercera va la vencida.

Rebeca amarilla y falda blanca. De hoy no pasa. A la tercera va la vencida. Pelo negro, liso y corto como una cleopatra. De hoy no pasa. A la tercera va la vencida. Bolso mínimo con la diana nacional. Bueno, tendré que hacer excepciones. De hoy no pasa. A la tercera va la vencida.

 Hola, señorita Harriet.- digo con una voz lo más agradable posible. Si, es agradable. Todo lo que digo me suena agradable cuando pienso en acordes de Knopfler.

Oh… ¡hola!- pillada por sorpresa. El león a la gacela. Aunque esta gacela esta raquítica.

 ¿Un paseo?- sonrisa brillante.

Emm…sí, creo. No sé. No tenía nada planeado.- como todos, hija. Como todos.

¿Le importaría que le acompañase?- muy fino.- Yo también he salido sin pensar en nada.- Esa sonrisa en su boca mezcla simpatía y miedo. Bueno, timidez, mejor. La pobre no se atreve a reclamar ni si la estafan en la panadería.

Está bien, señor Leonard.- Hoy va a ser un buen paseo. Más bien el tercer paseo. El primero fue de la panadería a casa. El segundo del portal a su puerta y hoy espero que me dé tiempo a unas vueltas al parque. Salimos a la calle uno al lado del otro. Los cinco metros escasos de los escalones al portal los llevo pensando si salir a la derecha, hacia el parque Lawrence, o hacia la izquierda, a la Avenida Four Queens. La derecha ganaba en mi mente a la izquierda cuando casi me como literalmente la gorra con las iníciales blancas E.A. y el señor con bigote y monóculo que lleva debajo. “¿Señor Leonard?” sale de algún lugar debajo del bigote.

No

“El Televisor no tiene seguro. Lo reparo yo mismo.”

 Ajuste de monóculo. Marca roja en “Sin Seguro / Otros”. Las llamas de mis dedos sobre la rebeca amarilla para proporcionar inercia. Y a la ciudad con una chica mod. ¿Cuándo llegué a esto?

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